Urbanismo sostenible (urbanismo y urbanización)

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El urbanismo sostenible se refiere a las pautas y al tipo de uso del suelo imperantes en las zonas urbanas

El uso del suelo es un factor fundamental para el carácter de una ciudad, para su eficiencia ambiental y para la calidad de vida que proporciona a sus ciudadanos. Las decisiones en materia de urbanismo deben dirigirse a proteger la identidad de la ciudad, su patrimonio cultural, la disposición tradicional de sus calles, las zonas verdes y la biodiversidad. Un mal uso del suelo crea zonas urbanas poco atractivas para vivir y produce formas de asentamiento no sostenibles.

La expansión urbana es, en urbanismo, el aspecto más acuciante. Las ciudades se agrandan invadiendo zonas rurales a un ritmo más rápido que el crecimiento de la población (20% de expansión en los últimos 20 años, con sólo un 6% de incremento de la población). Se están sustituyendo espacios verdes (regiones agrícolas o naturales de gran valor) por zonas destinadas a viviendas, de baja densidad, o a fines comerciales.

De esta manera la expansión urbana desmesurada refuerza la necesidad de desplazamientos y la dependencia del automóvil, aumentando así la congestión del tráfico, el consumo de energía y las emisiones contaminantes. Estos problemas se agudizan cuando, como en este caso, la densidad de población disminuye, y las actividades cotidianas (ir al trabajo, al centro educativo, comprar, regresar a casa) implican largos trayectos. Se ha observado que se da un fuerte aumento de la utilización del automóvil cuando la densidad de población cae por debajo de los 50-60 habitantes por hectárea.

Ahora bien, la ubicación de los centros de trabajo, de compra o de ocio, fuera de los centros urbanos (por ejemplo, cerca de vías de gran capacidad o nodos viarios en sus intersecciones), fomenta la utilización del automóvil y excluye a los ciudadanos que no pueden acceder en vehículo privado a estos centros de trabajo o de servicios (sin contar con la ausencia, o infrarrepresentación, del transporte público). El emplazamiento de actividades industriales dentro de las zonas urbanas también plantea problemas de equidad social, ya que en general suelen estar situados en los barrios con mayor nivel de degradación, y más alejados del ideario colectivo de lugar representativo (periferia social).

El aumento de la movilidad está dando lugar a la aparición de nuevos modelos de urbanismo, en los que una zona urbana puede contar con diferentes “centros”, cada uno de los cuales puede estar especializado en una función (comercios, oficinas, ocio) o entrar en competencia con los demás. Aparecen también vínculos entre zonas urbanas contiguas, generándose (o incrementándose) redes de ciudades. Uno de los retos del urbanismo es reaccionar frente a estas nuevas formas para evitar algunos efectos negativos, tales como la dependencia excesiva del automóvil privado y la expansión urbana.

Las zonas verdes de las ciudades influyen poderosamente en la calidad de vida de sus ciudadanos. Estas zonas les posibilitan la actividad física, el establecimiento de relaciones sociales, el esparcimiento, y relajarse y obtener paz y tranquilidad. Unos espacios verdes, parques y bosques bien gestionados, pueden convertirse en rasgo distintivo, y muy apreciado, de una zona urbana. Por ello deben protegerse, fomentando la creación de zonas verdes u otros espacios públicos a partir de la reutilización de terrenos abandonados, o con un uso anterior periclitado.

Los espacios verdes son también importantes para la biodiversidad urbana. El urbanismo debe proteger de la urbanización los hábitats más importantes y promover la biodiversidad, incorporándola al tejido urbano. Permitir que los ciudadanos estén en contacto con la fauna y la flora silvestres es una forma eficaz de aumentar su concienciación respecto a problemas ambientales más amplios.

Paralelamente a estos aspectos el tema del urbanismo deberá adquirir cada vez más importancia a medida que se produzcan cambios demográficos y ambientales. Por un lado, los ciudadanos europeos tienen, una mayor esperanza de vida y, por otro, la demanda de viviendas para un único ocupante está aumentando. Aunque la población total de Italia, Grecia, España y Portugal está disminuyendo, el número de viviendas está aumentando espectacularmente a la vez que se reduce el número medio de ocupantes por vivienda (que modifica las características de la vivienda necesaria, como dimensiones y configuración).

Esta nueva demanda debe ser gestionada de una forma sostenible. Es necesario planificar la expansión de las ciudades de forma que encaje en una estrategia a largo plazo en la que el impacto ambiental sea mínimo y claramente precisado, e impidiendo que se produzca un proceso incontrolado de expansión urbana. Así, por ejemplo, los futuros cambios climáticos pueden suponer que la planificación actual de las nuevas zonas de asentamiento ya no resulte adecuada, por ejemplo debido a un mayor riesgo de inundaciones.

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