Escalas de intervención

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Cualquier gestor de políticas quiere implementar iniciativas eficaces en su ámbito de actuación. El problema, claro está, es saber que lo son. Uno de los factores a tener en consideración en temas territoriales y ambientales es la escala de intervención. Dado que esto se relaciona de manera inmediata con el presupuesto  (a más escala más coste) parece obvia la importancia de acertar.

Cuando se trabaja con grandes escalas territoriales, es una tentación inevitable buscar soluciones homogéneas que permitan simplificar los sistemas de toma de decisión, seguimiento y control (e incluso contratación, si llega el caso). Estas simplificaciones afectan, de entrada, a la eficiencia global de la acción política, y además reducen la eficacia concreta de las políticas, hasta el punto de ser necesario mecanismos de evaluación complejos para poder determinar el alcance. Todo esto tiene un coste adicional y supone aparatos burocráticos más complejos, con lo que parece que entramos en un bucle autoalimentado.

La Teoría de Sistemas nos recuerda que para manejar un sistema complejo necesitamos tanta variedad de acciones como el propio sistema posea. En términos operativos, esto es tanto como reconocer que son incontrolables. Y el territorio es un sistema muy complejo… ¿Abandonamos? ¿Renunciamos a una acción eficaz? No deberíamos.

La magnitud de los problemas globales (como el cambio climático) tienden a fomentar enfoques globales y acciones “macro”, pero hemos de reconocer la creciente importancia que tienen las escalas pequeñas y las acciones  locales para conseguir esos grandes objetivos. La conocida frase “piensa globalmente y actúa localmente” no sólo es radicalmente actual y necesaria, sino que podríamos ir un paso más allá. Gestionar bienes comunes, que es el tipo de problema que estamos planteando, como sería el caso de los espacios naturales, es posible superando las limitaciones antes comentadas.

Un gestor de políticas a gran escala (por ejemplo, nacional) tendrá sus dudas sobre la eficacia de las locales, a menos que tenga un control directo. En el otro extremo, un gestor local será indefectiblemente suspicaz con políticas que, aunque bien diseñadas, no contemplen peculiaridades locales o no permitan ciertas libertades. Pero además, la sociedad local tiene un papel que jugar, que obviamente no existirá si no existen mecanismos de participación local. Las investigaciones de E. Ostrom (Nobel de Economía en 2009) abren la posibilidad de configurar escenarios de gestión participada de bienes comunes en los que las comunidades locales tienen un papel importante.

La participación de los agentes locales (y no solo los gestores de políticas)es cada vez más relevante. No se trata de que estos tengan un cheque en blanco, sino de establecer un escenario adecuado en función del tipo de sistema en el que nos movamos. Marcar orientaciones estratégicas, crear mecanismos de cooperación y fomentar la transparencia son las bases a sentar y desarrollar. Ya hay muchas experiencias de éxito en las que ésta es clave (como es el caso de las Reservas de la Biosfera), y los técnicos de Terreno Conocido han trabajado en algunas.

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