Autor: Manuel R.

Una revisión de la nueva ley de Contratos del Sector Público (y 3)

Terminaremos este breve repaso a la nueva ley con un análisis del momento clave en el proceso de contratación, la adjudicación. Después de los aspectos generales de la primera entrega y de la preparación en la segunda, para este paso, la ley introduce novedades centradas en la idea de la relación calidad-precio y abandona el concepto de oferta más ventajosa desde la perspectiva estricta del precio.

La adjudicación

La ley establece que la adjudicación, como norma, se hará considerando diversos criterios que busquen la mejor relación calidad-precio. Las adjudicaciones que únicamente se basen en el precio siguen siendo posibles, pero la ley delimita muy claramente su contexto, y además abre otras vías para considerar los costes de las prestaciones. De hecho, se admiten los criterios de mejor relación coste-eficacia, así como el cálculo del coste del ciclo de vida, que han de ser planteados y justificados en el expediente de contratación.

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La relación calidad-precio se ha de basar tanto en criterios objetivos como en subjetivos. Estos criterios han de quedar claramente expresados en los pliegos, y ahí se pueden introducir aspectos ambientales (o sociales) como la reducción de GEI o la eficiencia energética. De esta forma, los criterios no crematísticos adquieren plena legalidad. Hay un listado amplio (y abierto) de cuestiones susceptibles de ser incorporadas entre los criterios de adjudicación, y por tanto valoradas, y no tiene por qué haber una vinculación directa de los criterios de adjudicación al objeto del contrato. Como ejemplo, se le puede exigir un cierto nivel de GEI al adjudicatario de la cafetería del Congreso de los Diputados.

Lo mejor es que se ha superado el concepto “oferta económicamente más ventajosa” por el de “mejor relación calidad precio”, principio este que debe orientar el establecimiento de los criterios de adjudicación. Como ya hemos señalado, podrán ser económicos (cuantitativos) y cualitativos; respecto de los primeros, y significativamente empleamos el plural, no es sólo el precio, también se considera la relación coste-eficacia o el cálculo del coste del ciclo de vida (al que se dedica un artículo a su definición). Los cualitativos incluyen el valor técnico, la estética, el servicio posventa,… así como los elementos ambientales y sociales ya mencionados. Estos criterios pueden ser objetivos (que se puedan medir cuantitativamente) o subjetivos.

En el caso de que sólo se use un criterio, deberá estar vinculado al coste. Cuando se usen varios, el órgano de contratación podrá disponer con libertad como se organizan y ponderan, teniendo presente que se preferirán los cualitativos objetivos a los subjetivos, y que cuando se usen criterios cualitativos, han de acompañarse de uno cuantitativo al menos vinculado al coste, aunque hay libertad para determinar la ponderación de cada uno.

Si los criterios subjetivos (no cuantificables objetivamente) tienen más peso que los objetivos, un comité experto de al menos cinco miembros ha de evaluarlo (o un organismo técnico especializado). La ley, como hemos dicho, prefiere criterios objetivos, y si es posible se les debe dar preponderancia, pero los subjetivos son igual de legales. De hecho, que los objetivos tengan más peso no es obligatorio, y tampoco se señala la importancia que ha de recibir el precio, aunque su inclusión es preceptiva.

El precio

Aunque ya no es el único parámetro ni es el centro de la contratación, sigue siendo muy importante, lo que obviamente es comprensible. La ley 9/2017 plantea un enfoque más general y habla de criterios económicos, señalando tres sistemas de valoración:

  • El precio estricto del producto.
  • La relación coste-eficacia, o sea, el coste en relación a la vida útil.
  • El coste del ciclo de vida del producto, lo que comprende todas las etapas o fases consecutivas que se suceden en la existencia del mismo (I+D, fabricación, transporte, uso, mantenimiento y fin de vida).

Este último criterio es muy potente si se quiere impulsar una compra pública responsable. Con todo, sigue siendo poderosa la inercia de la sobreponderación del precio, que tantas veces conduce a unos servicios “low cost” con todo lo que eso implica para los suministradores, el Sector Público, los usuarios…

En todo caso, la ley establece que se han de tener en cuenta los costes laborales de los potenciales contratistas para fijar el presupuesto base de licitación, y de hecho se deberá incluir esa estimación para que se puedan rechazar las ofertas temerarias. Los órganos de contratación deben velar para que se cumplan, durante la ejecución del contrato, las obligaciones legales en materia social y ambiental, y se establece que las empresas contratistas están obligadas a cumplir los convenios sectoriales y territoriales aplicables.

Es evidente que el modelo anterior incentivaba la aparición de ofertas centradas en la minimización de costes, por lo que los licitadores no dudaban en reducir salarios, o eludir sus responsabilidades ambientales y sociales, todo con tal de reducir la única variable que al final se iba a tener en cuenta: el precio. Con el marco actual la situación es completamente diferente, pues aunque será difícil cambiar ciertas tendencias, lo cierto es que el precio ya no es el único, y ni siquiera el más importante, criterio de adjudicación. Además, hay otras salvaguardas para evitar estos comportamientos.

La ley prevé un sistema de modulación del peso de distintos criterios, al fijar un umbral mínimo del 50% en la puntuación de los criterios cualitativos para continuar en el proceso selectivo. Es una previsión eficaz para evitar las ofertas enfocadas al precio y que abandonan la calidad. Se hace imposible que una oferta que todo lo fía a un precio muy bajo pueda ganar; es necesario un equilibrio entre los componentes de la propuesta. Y es de hecho una forma de garantizar la efectividad del principio de mejor relación calidad precio enunciado al principio.

En resumen, el precio ya no es el eje de la adjudicación. La calidad importa, el cumplimiento de las obligaciones ambientales y sociales importa. Y lo que es más, la Administración puede imponer criterios de responsabilidad en estos campos para adjudicar un contrato. En conexión con lo visto hasta ahora, cabe recordar que se pueden planificar acciones de contratación a medio plazo (de hecho, se debe); estas admiten la posibilidad de reservar partes a la economía social; es posible establecer condiciones ambientales en la adjudicación (y en la ejecución), tanto para ésta como para el desarrollo de las prestaciones posteriormente, sin que el precio sea el determinante único; se puede condicionar la adjudicación a la subcontrata de entidades de economía social; los contratistas enfocados únicamente en el precio tienen menos posibilidades de conseguir licitaciones; se pueden organizar lotes para fomentar la participación de pequeñas empresas. En resumen, la ley resulta un instrumento eficaz para implementar políticas de compra pública responsable, indispensables para afrontar los desafíos que tenemos. Ahora hacen falta esas políticas, en el marco de estrategias adecuadas.

Una revisión de la nueva ley de Contratos del Sector Público (2)

Ya vimos en la entrada anterior los aspectos generales y las exclusiones de la ley. Es el momento de empezar con la parte más sustanciosa: la preparación.

Preparar el contrato

La cuestión más relevante en la contratación pública en el contexto que configura la ley 9/2017 es su preparación por el ente público contratante. La ley mantiene el concepto de “poder adjudicador” para establecer una adecuada discriminación entre los distintos tipos (que el contrato pueda ser o no administrativo) y la aplicabilidad de la ley en el conjunto del Sector Público (discriminando lo que es Administración Pública de lo que no), en consonancia con lo establecido en las directivas de contratación europeas.

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El Ente que lance un proceso de contratación deberá planificar su actividad y dar a conocer un plan anual o plurianual, al menos en lo que respecta a la sujeta a regulación armonizada (aquella que ha de ser publicitada en toda la UE debido a su importe). Otra novedad, y muy importante, es que se abre la posibilidad de que se realicen consultas preliminares y se sondee el mercado antes de iniciar el proceso, algo que no solo estaba prohibido, sino que era una especie de tabú. La ley expresamente señala que “los órganos de contratación podrán realizar estudios de mercado y dirigir consultas a los operadores” activos, con la idea de que el Ente que vaya a contratar pueda ajustar sus pretensiones. Lo que exige la ley en este caso es que las consultas han de ser públicas para que los interesados en las mismas puedan participar.

Otro aspecto interesante es la posibilidad de establecer lotes. De hecho, esta situación se convierte ahora en la norma, la regla general. Está prohibido (al igual que con la ley anterior) fraccionar el contrato para eludir las obligaciones que pudieran derivarse de su importe, por ejemplo, porque se encuentre sujeto a regulación armonizada. Sin embargo se anima a la realización independiente mediante su división en lotes. En caso de que se haga, el órgano de contratación podrá establecer límites a los licitadores: al número a los que un mismo licitador pueda presentarse, o al que pueda adjudicarse al mismo. Otra herramienta interesante es que pueden reservarse algunos para Centros Especiales de Empleo o para Empresas de Inserción, o para entidades de la Economía Social. La división en lotes puede hacerse en cualquier contrato susceptible de serlo, empleando unidades geográficas, funcionales, cuantitativas, etc. El órgano de contratación deberá determinar el número y el importe de los lotes.

Apoyo a pymes y economía social

La idea subyacente es abrir la contratación pública a pymes y Tercer Sector, rompiendo la actual situación de sobrerrepresentación de las grandes empresas. Estos dos conjuntos institucionales están ahora alejados de la contratación del Sector Público en comparación con su relevancia en la producción y el empleo en España. Para intentar revertir esta situación se habilitan otras posibilidades, que también nos resultan interesantes.

Para empezar, hay una preocupación constatable por reducir la carga burocrática y los costes de transacción, probablemente las barreras de acceso más poderosas creadas por la legislación anterior. La practica general ahora implicará utilizar el DEUC (documento europeo único de contratación) y solo al adjudicatario se le exigirá la formalización documental.

Además, las exigencias en materia de solvencia técnica y financiera se han suavizado: no es exigible en contratos de servicios la clasificación, y la acreditación de la solvencia financiera se hace más razonable, justificada y proporcional. Es de destacar que se puede concurrir a una licitación como unión de empresas y no formalizar la UTE hasta la adjudicación.

Las garantías provisionales han sido hasta ahora una forma muy efectiva de evitar el acceso de pymes a la contratación. La norma con la nueva ley es que no procede solicitarlas, y solo si el órgano de contratación lo justifica se podrán exigir. Con todo, en el procedimiento abierto simplificado no procederá en ningún caso.

La garantía definitiva puede ser también obviada si el órgano de contratación así lo considera y justifica, y hay dos casos significativos en los que se admite: los suministros y los servicios sociales. Y si se da el caso de que se ha hecho una reserva de contratación, la regla es la no exigencia.

El objeto del contrato

En cuanto al objeto del contrato, la ley permite que la definición del mismo se abra a opciones tecnológicas y a innovaciones que permitan mejorar las obras, servicios o prestaciones que se contraten. O dicho de otra forma, la ley permite que el Ente contratador pueda invitar a los licitadores a que sugieran mejoras y lancen propuestas.

La nueva ley considera vinculado al objeto del contrato cualquier elemento relacionado con las prestaciones contractuales, así que no es necesario andar introduciendo en su definición menciones expresas a aspectos ambientales o temáticas (más o menos forzadas) en ese sentido. Se pueden incorporarse criterios ambientales en el proceso, lo que de hecho es la clave para una compra pública responsable.

Hemos mencionado antes la posibilidad de hacer reservas de contratación, lo que es una novedad estimulante. Hay dos tipos de reserva: la primera es para Centros Especiales de Empleo y Empresas de Inserción, la segunda para entidades de Economía Social. Al calificar de reservado el procedimiento de adjudicación, solo las instituciones para las que se efectúa la reserva pueden participar en la licitación. Subyace en este planteamiento que no todas las empresas son iguales, ni tienen los mismos criterios de responsabilidad ambiental o social.

Ahora bien, no todos los objetos contractuales o los sectores económicos pueden considerarse de igual modo. Aquí la clave está en las argumentaciones de la Directiva D2014/24/UE, que es el fundamento de la ley. Cualquier licitación puede ser reservada para los Centros Especiales de Empleo o las Empresas de Inserción, sin importar caracteres, objeto o importe (de hecho, es obligatorio establecer un cierto porcentaje). Sin embargo, la cosa es distinta con la economía social, que sólo en ciertos casos podrá tenerlas:

  • El contrato reservado solo puede durar 3 años o menos.
  • El adjudicatario no puede haber sido beneficiado con otro en los tres años anteriores.
  • Hay limitaciones sectoriales: solo son aplicables a ciertas actividades de carácter social, cultural o de salud, y solo con unos objetos contractuales muy concretos, que figuran en el Anexo IV de la ley.

No existe obligación alguna de hacer esta reserva para la economía social, si bien cualquier Administración o Entidad Pública puede no sólo hacerla, sino incluso obligarse a que sea un mínimo. Sin embargo, en el caso de las Empresas de Inserción y los Centros Especiales de Empleo todas las entidades del Sector Público están obligadas a fijar un porcentaje mínimo de reserva para aplicárselo.

Existe otra opción que es la reserva en ejecución. No se reserva un contrato, sino que se obliga al contratista a que en la ejecución, un porcentaje se destine a subcontratar Centros Especiales de Empleo, Empresas de Inserción o Entidades de la Economía Social, sea quien sea el adjudicatario. El resultado final es básicamente el mismo: promover la economía social.

Por sintetizar lo tratado, la nueva ley concede gran importancia a los aspectos previos al lanzamiento de la contratación. Su planificación es ahora clave, pues se puede configurar para establecer condiciones ambientales (o sociales) a las empresas que acudan a la convocatoria, se pueden establecer lotes para facilitar el acceso de pymes y Tercer Sector, y se pueden reservar algunos de estos. Si a esto le añadimos las condiciones de ejecución que vimos en la entrada anterior, podemos apreciar una considerable capacidad para condicionar la acción de las empresas que deseen trabajar con el Sector Público en favor del medio ambiente. Veremos en la próxima entrega como cerrar todo esto con el siempre delicado tema de la adjudicación y, por supuesto, el precio.

Una revisión de la nueva ley de Contratos del Sector Público (1)

El pasado mes de Noviembre se publicó y entró en vigor la ley 9/2017, de Contratos del Sector Público, una nueva ley en esta materia que supone un cambio profundo, en especial por contraste con la anterior. Aunque el Derecho no es precisamente nuestro tema favorito, qué duda cabe que esta nueva norma tiene gran trascendencia, sobre todo porque puede favorecer procesos de contratación pública responsable, esenciales para poner en marcha el necesario proceso de transición ecológica de nuestra sociedad, y en ese sentido está lejos del modelo de la ley anterior.

Las clausulas ambientales (y las sociales, a las que se dedica mucha más extensión y prioridad) son amparadas de manera clara. La ley ya en su primer artículo establece que los criterios sociales y medioambientales serán preceptivos, y posteriormente establece que las consideraciones sociales, ambientales y de innovación habrán de valorarse positivamente en cualquier proceso de contratación. Las condiciones establecidas a lo largo de todo el proceso de contratación pública hacen que esta no sea una simple declaración de principios sin contenido.

Como revisar una ley de 264 páginas requiere cierta extensión, vamos a hacer este repaso en tres entregas. En esta primera abordaremos lo que no está incluido en ella (que es interesante) y las condiciones especiales de ejecución. En la segunda parte nos centraremos en la operativa de preparación del contrato, y terminaremos revisando las cuestiones sobre la adjudicación y el papel del precio. En general se trata de comparar la nueva situación con la que hemos venido padeciendo desde la entrada en vigor de la Ley 30/2007, y no pretendemos un análisis exhaustivo, solo unas pinceladas de aspectos que a nuestro juicio pueden crear un marco muy diferente para la contratación pública.

Exclusiones

Aparte de la literatura del preámbulo, se recogen en el articulado una serie de negocios y contratos que se consideran excluidos de la aplicación de esta ley. Por ejemplo,  el caso de la “prestación de servicios sociales por entidades privadas, siempre que se realice sin necesidad de celebrar contratos públicos, a través, entre otros medios, de la simple financiación de estos servicios o la concesión de licencias o autorizaciones a todas las entidades que cumplan las condiciones previamente fijadas”, si este sistema garantiza una publicidad suficiente y se ajusta a los principios de transparencia y no discriminación.

Dicho de otra forma, no solo se establecen contratos públicos y privados, sino que se pueden usar otras formulas. Esto hace que no sea necesario aplicar los principios de la contratación pública y sus limitaciones. La ley 9/2017 determina de forma expresa que ciertos servicios sociales, educativos o sanitarios pueden quedar excluidos de su ámbito, no sujetos. Así, en estos terrenos las Administraciones Públicas pueden financiar, conceder licencias o autorizaciones, o establecer convenios. Todo esto es transposición de la Directiva D2014/24/UE.

Estas exclusiones y modelo de relación con organizaciones del tercer sector no es una novedad. Hay ya Comunidades Autónomas que lo han venido haciendo en ciertos terrenos, ambiental incluido, lo que había generado hasta ahora mucha conflictividad, pues se consideraba una forma de elusión de la legislación de contratos existente. Este cambio despeja el escenario y dota de seguridad jurídica a estas situaciones.

Condiciones especiales de ejecución

Aunque introducir este tema antes de hablar de cómo se prepara y se adjudica un contrato con la nueva ley es poco coherente, es un pequeño apunte que luego va a tener un encaje en los siguientes post. Lo cierto es que es posible incluir condiciones especiales de ejecución, que se configuran como obligaciones que los licitadores asumen implícitamente al presentar la oferta y que, obviamente, el adjudicatario deberá cumplir. Las condiciones que se presentan en la ley son un listado bastante extenso, pero no exhaustivo, así que son posibles más para elegir la que se considere adecuada. ¿Qué condiciones pueden ser? Pues a título de ejemplo en el campo ambiental, que el adjudicatario reduzca sus emisiones GEI, o una gestión sostenible del agua, o el fomento de las energías renovables… El terreno social, por otra parte, recoge un conjunto más amplio aun.

Estas condiciones deben estar vinculadas al objeto del contrato desde la perspectiva de la prestación a desarrollar, pero desde una perspectiva amplia: cualquier cuestión integrada en la prestación, en cualquier aspecto, momento, aun cuando no sea parte directa en el proceso de producción, es susceptible de ser considerada. Además, la ley obliga a que se establezca al menos una, y al menos del listado recogido en él. Así, la contratación responsable pasa a ser obligatoria para todas las Administraciones Públicas.

Por resumir lo tratado, la nueva ley configura un escenario de contratación pública en el que la responsabilidad se hace el centro de la misma. De entrada, porque facilita mecanismos ajenos a la misma para flexibilizar la relación con entidades del tercer sector, por otro porque quienes liciten en una convocatoria pública deberán asumir compromisos ambientales (o sociales). Veremos en el siguiente post otros aspectos de la ley, vinculados con el proceso preparatorio de la contratación.

De la turistificación, o cuando el turismo deja de ser maravilloso

La turistificación ha sido el tema social del verano, tal vez del año. Las acciones “antiturismo” de algunas personas, que en Barcelona han llegado a superar ciertos umbrales  debido a la situación creada por otras cuestiones, son una expresión del hartazgo ciudadano ante la evidencia de que se han rebasado ciertos límites y no parece haber respuestas positivas desde el sector público encaminadas a su control… o al menos desde el gobierno.

La turistificación es un proceso similar, aunque no idéntico, a la gentrificación, otra palabra que también ha tenido difusión recientemente. En ambos casos, se trata de procesos en los que un área de la ciudad se transforma desde unos ciertos usos a otros, lo que termina transformando al propio vecindario. Para el caso que nos ocupa, las áreas urbanas que poseen atractivo turístico son espacios interesantes para la localización de ciertas actividades económicas. Si ese proceso entra en una espiral de crecimiento sin control, que es lo que está sucediendo en algunas áreas, la actividad turística empieza a “devorar” el espacio urbano, y aunque esto parece evidente, creo que merece la pena dedicar unas palabras a su explicación.

Las actividades económicas dirigidas al turismo implican ofrecer bienes y servicios a personas que van a estar recorriendo el territorio durante un espacio de tiempo limitado; así pues, incluyen desplazamientos, alojamientos, manutención, comunicaciones, ocio, compras… En una fase inicial supondrán un incremento en la demanda de las empresas locales, razón por la cual el turismo es un gran activador de las economías locales pequeñas, y por eso está en el manual de las políticas locales de cualquier opción política. En una segunda fase, si la demanda sigue creciendo, el desarrollo del turismo supondrá la apertura de nuevos negocios, dirigidos ya en exclusiva a los visitantes, y a demandar empleo especializado, con lo que el sector empezará a tener vida propia.

Si la demanda continua creciendo a lo largo del tiempo entramos en una tercera fase, en el que las actividades turísticas especializadas empezaran a desplazar a las no turísticas, dado que los turistas pueden soportar precios más altos que los residentes. Así, los precios de los alquileres suben y los comerciantes habituales no pueden asumirlos, de forma que empiezan a configurarse espacios claramente identificables como “turísticos”. En el mercado de trabajo se dejará sentir la estacionalidad: cuando vienen los turistas crece el empleo, y cuando se van los empleos desaparecen. Esto puede tener indeseables consecuencias sobre el sistema educativo, por ejemplo, fomentando un abandono temprano de los estudios.

Si el proceso no se para, los establecimientos dirigidos solo a residentes desaparecerán como consecuencia de la presión ya descrita, las tensiones sobre el mercado de trabajo y la presión se trasladará a los residentes. Se alterarán los mecanismos de formación de precios en todos los mercados, y en especial en el inmobiliario. En él se acentuarán las salidas de residentes, que no se verán compensadas, lo que tiene consecuencias en el mercado de trabajo y, a la larga, en todo el sistema productivo. A esto ahora se añade la explosión de los pisos turísticos gestionados por plataformas on line.

Y hasta aquí ninguna novedad, nada que no hayamos visto en multitud de lugares en España desde hace ya tiempo, porque podríamos hablar de la imposibilidad de conseguir una vivienda para residir en Ibiza, por ejemplo, que se traduce en problemas para ocupar puestos temporales en la isla (médicos, jueces, maestros,…), y que a la larga terminará afectando a la población local. Tampoco es nuevo este fenómeno en las grandes ciudades, porque lleva siendo un problema desde hace bastante en zonas de Madrid o Barcelona. Lo relevante, la novedad, está en que, ante la dejadez de la Administración, los vecinos han empezado a reaccionar.

Desde una cierta visión podría entenderse que no hay por qué hacer nada (la vieja idea de que el mercado se regulará), pero esto nos conduce a dejar barrios enteros de la ciudad sobreespecializados, sin residentes (o sea, sin vida) y vulnerables a un cambio de modas o al agotamiento, algo nada deseable precisamente en nuestros centros históricos. Y lo triste es que esto ya ha sucedido en bastantes lugares; no hay que recurrir a la especulación, sino a la observación, para rechazar este argumento: muchas zonas rurales y espacios costeros son ya meros escenarios sin vida.

El turismo ha sido una gran fuente de riqueza en España, y no sólo económica. Para que lo siga siendo vamos a tener que reflexionar que actividad queremos tener, que implicaciones va a tener para los vecinos, y cómo se distribuyen los costes y los ingresos. Son cuestiones que afectan a todos los niveles de la administración (local, regional y estatal) y que supera el límite de una simple actividad económica: los ciudadanos han de participar. La ausencia de voz de la ciudadanía es la que ha conducido a reacciones violentas que hay que condenar, y si de verdad se quiere que acaben no quedará más remedio que crear instrumentos de participación.

Adaptación al cambio climático

La primavera ha terminado este año de una forma un tanto abrupta, con una “ola de calor” que a muchos les ha parecido sorprendente. Lo cierto es que el verano climatológico lleva varias décadas adelantándose, como consecuencia del cambio climático, así que este fenómeno no debería ser sorprendente, sino más bien absolutamente previsible. Sucede además que tenemos muy mala memoria climática, pues el año pasado nos quejamos de un mes de mayo muy cálido y seco, así como de un verano eterno que redujo el otoño a su mínima expresión.

Es obvio que son un conjunto de síntomas del cambio climático que debemos empezar a incorporar ya al diseño de nuestras formas de vida. Porque más allá de los esfuerzos que se hagan en mitigación por evitar un agravamiento, y es mucho lo que se debe hacer, no debemos olvidar que ya hemos admitido un incremento de 1,5° C , y previsiblemente llegaremos a los 2° C. La retirada de Estados Unidos del tratado de París no introduce las mejores perspectivas en este terreno, con lo que no queda más remedio que poner el acento en la adaptación.

La adaptación es una política (o conjunto de políticas) con un fuerte componente local y regional, lo que no excluye a la administración central. Antes al contrario, y muy especialmente en nuestro caso, sería de desear un marco estratégico y financiero estatal, que apoyara las iniciativas locales y la innovación, y se preocupara de la equidad en la atención a los efectos negativos, pues es previsible que las consecuencias del cambio climático tensionen los mecanismos de igualdad de una forma que ahora mismo no podemos predecir. En el caso europeo, un enfoque de interpretación global de la misma sería deseable.

¿Y qué acciones incluyen las políticas de adaptación? Pues prácticamente cualquier cosa, porque toda nuestra forma de vida va a tener que cambiar como consecuencia del cambio climático, que sobre el terreno supone un cambio en las condiciones ecológicas de nuestro entorno. Hemos construido una sociedad sobre un ciclo ambiental que está siendo alterado, así que tendremos que replantearnos desde los calendarios escolares (con un veranos que cada vez empieza antes y termina más tarde) a los programas de vacunación (algunas enfermedades tropicales pueden hacerse habituales). El debate sobre los horarios y su racionalización, por ejemplo, debería ir un paso más allá del simple ajuste al meridiano correcto.

Es obvio que el diseño de nuestras ciudades debe ser revisado para permitir una vida razonablemente confortable, y probablemente tendremos que atrevernos a hacer una revisión profunda: mejorar el parque inmobiliario existente con aislamiento y medidas de eficiencia energética, o actuaciones de diseño urbano, puede no ser suficiente (eso va a depender de los diferentes territorios). Es posible que tengamos que plantearnos la remodelación completa de un barrio para mejorar su confortabilidad, su consumo de agua o de energía, etc., con lo que se hará necesario un enfoque integral de políticas sociales, territoriales, urbanísticas… y financieras. Y no sólo se trata de obras; los cambios culturales y de comportamiento son esenciales, porque la ciudadanía es parte de la solución. Desde TERRENO CONOCIDO podemos ayudar a concebir desde las grandes líneas a las pequeñas acciones, ayudando a construir una reflexión y un camino hacia un futuro más sostenible, y más adaptado al medio ambiente que estamos reconfigurando.

Una visión de la economía colaborativa

La “economía colaborativa” es uno de esos conceptos que últimamente llena espacios informativos, algunas veces para bien, otras como una especie de amenaza encubierta a las actividades económicas convencionales. En un caso u otro, parece que se ha puesto de moda, por lo que hay motivos para preocuparse… Esta preocupación se debe a que por lo general tiende a encajarse en esa denominación a cualquier actividad a la que no pueda ponerse otra etiqueta. Y como estamos en pleno proceso de cambio estructural, y están apareciendo muchas actividades nuevas, parece ser que esa es la norma.

Tal vez deberíamos empezar por definir con precisión qué es “economía colaborativa”, y probablemente eso terminaremos haciéndolo a través de una ley. Y sé que al decir esto, mucho de los defensores y muchos de los detractores de estas actividades dirán que es exagerado, pero tal vez deberíamos tener algo de visión estratégica. Ahora no es un fenómeno cuantitativamente muy importante, pero no deja de crecer, y en la medida en la que responde a un cierto sentir de una parte de la ciudadanía, que busca una nueva forma de relacionarse económicamente, deberíamos intentar que no sea una tapadera de la economía sumergida o de modelos económicos que pretenden lucro degradando las condiciones de trabajo y la calidad del producto, como es el caso de Uber.

Quienes abogan por modelos colaborativos proponen un acercamiento al consumo basado en la moderación, en emplear lo necesario, suelen tener planteamientos locales (proximidad), y la remuneración por uso se basa en el principio de compensar el coste operativo y el desgaste. Es importante subrayar el componente local, la relación directa entre quien ofrece y quien demanda, y que se rechaza de plano la búsqueda del beneficio. Quienes se acercan a este modelo ofrecen algo que no está en el mercado para cubrir necesidades que no satisface el mercado, al menos al nivel al que se demandan. Con esta filosofía se han puesto en marcha bancos de tiempo o monedas sociales, y con el desarrollo de las aplicaciones para dispositivos móviles las posibilidades de relación persona a persona han crecido espectacularmente.

Conforme el fenómeno gane en dimensión se hará más necesario establecer una definición precisa de cuando una actividad tiene estas características, y que obligaciones comporta. Esto último afecta a oferente y demandante, como puede suponerse, pues es evidente que un “producto colaborativo” no puede ser igual que uno “comercial”. Obviamente, al adquirir un producto comercial estamos pagando también por una serie de estructuras reguladoras (seguros, garantías, controles) y estamos remunerando un trabajo realizado. ¿Cómo trasponer eso a la nueva situación?

Esta reflexión y otras más hay que hacerlas ahora, cuando el volumen de operaciones es aun manejable, y de una manera participada, para llegar a un modelo que articule a la economía colaborativa con la convencional. No es necesariamente utópico, porque ambas pueden ser complementarias, y en las escalas locales esta complementariedad puede tener una incidencia muy positiva. Desde una perspectiva local, la colaboración entre economía convencional y colaborativa es posible, y desde TERRENO CONOCIDO podemos ayudar a establecer puentes que terminen beneficiando a toda la comunidad.

Normativas sobre el clima

Una de las cuestiones sobre las que se centra el actual debate en torno a las políticas sobre cambio climático es la necesidad y contenidos de una legislación al respecto, algo que en el pasado Congreso Nacional de Medio Ambiente (CONAMA) se abordó, como no podía ser de otra forma.

img_20161128_180041La ministra del ramo ha prometido sacar adelante una nacional, Andalucía y Cataluña están avanzando en sus respectivas legislaciones regionales sin ese marco, en Madrid se h a dado un paso atrás al detenerse la tramitación de una propuesta de ley, el País Vasco tuvo un intento que no fructificó… y entretanto, muchos ayuntamientos y otras administraciones locales elaboran planes y estrategias que incorporan la reflexión climática en sus propuestas. Este panorama, así como las consecuencias del Tratado de París de 2015, nos conducen a hacernos varias preguntas: ¿es necesaria la legislación en materia climática? Si lo es ¿a qué niveles? Y además  ¿a qué ámbitos debe afectar y cómo debe enfocarse?

Si damos un vistazo a lo que pasa en el mundo tendremos una respuesta bastante elocuente: 95 países tienen alguna clase de norma nacional sobre materia climática, y 58 de ellos tienen normativa marco estable. Además de ellos, hay 41 países con planes generales que definen objetivos concretos, especialmente en materia energética, que es sin duda el tema estrella en las normativas. Los especialistas aun están definiendo qué es el Derecho sobre Cambio Climático (o el Derecho Climático), pero lo cierto es que gobiernos de todas las ideologías ya están avanzando en este terreno. Por otra parte, países con altos niveles de descentralización tienen normas regionales, hasta el punto de que tampoco es novedosa la situación de legislaciones regionales sin un marco nacional de referencia. Obviamente, podemos seguir planteándonos las primeras dos preguntas, pero ahora mismo sólo tienen interés académico.

La que sí mantiene su pertinencia es la tercera. Lo que hemos aprendido de los modelos más destacados en Europa, básicamente Francia y Gran Bretaña, es la necesidad de marcar objetivos de medio y largo plazo ambiciosos, de aclarar el marco competencial y sentar las bases de la cooperación interadministrativa (que es fundamental), de establecer una institución científica independiente que informe a la Administración y al público y sentar unas bases financieras que incluyan aspectos fiscales. Y todo esto basado, dirigido e inspirado por la necesidad de dirigirse a y fomentar la participación pública. En TERRENO CONOCIDO te proveemos de los análisis y las herramientas de planificación y gestión que puedas necesitar para organizar una iniciativa climática, ya desde la iniciativa pública, ya desde la privada, y promoviendo mecanismos de cooperación. Es el momento de tomar medidas, incluso legales.

Pesimismo climático

En el pasado Congreso Nacional de Medio Ambiente (CONAMA), y como no podía ser de otra forma, el cambio climático y las políticas de mitigación y adaptación fueron, sin duda, las cuestiones que más atención suscitaron. Y digo atención, que no debate, porque pese a lo que los negacionistas proclaman, ya no hay apenas debate científico sobre esta cuestión. La discusión está ahora en la velocidad del cambio y la gravedad de las consecuencias. Y en realidad es a las ciencias sociales a las que les compete en gran medida la nueva reflexión, porque se trata de construir legislación, articular políticas sociales de calado internacional, modificar comportamientos y, sobre todo, diseñar un sistema económico mundial que realmente pueda llevar el adjetivo “sostenible”.

cop22Y si los negacionistas han tenido atención ha sido, sin duda, porque uno de ellos se ha convertido en la persona más poderosa del planeta. Qué duda cabe que, así como se convirtió en el gran protagonista en la sombra de la COP de Marrakech, también lo ha sido en el CONAMA, y lo cierto es que los nombramientos que viene realizando contribuyen a alimentar el pesimismo reinante. Es un serio revés a la implantación de políticas de mitigación, dado que los EEUU son el principal emisor per cápita del mundo, pero sigue siendo muy importante trabajar en generar una economía baja en carbono en todo el mundo. Todos los esfuerzos cuentan, y la conciencia de la ciudadanía norteamericana en ese tema ha ido progresando con bastante autonomía del poder federal. De hecho, algunos estados (California es un ejemplo clásico) tienen políticas al respecto desde hace tiempo. En todo caso, más allá de los postulados ideológicos, habrá que ver que ajuste hace el nuevo equipo a la realidad, y como encajan el muchas veces contradictorio mensaje de Trump con la situación real del país.

A otra escala de preocupación, por lo próximo, esta nuestro gobierno, que tras una primera legislatura calmitosa en materia ambiental y territorial está obligado a desarrollar una estrategia a largo plazo, y en concreto se comprometió a aprobar una ley de cambio climático. La primera consecuencia del anuncio, curiosamente, no ha sido precisamente positiva. En el parlamento regional de Madrid se empezaba a debatir un texto para una ley regional sobre cambio climático, y con la excusa de que habría una estatal el gobierno regional ha detenido su tramitación.

Es una muy mala noticia, porque la cumbre de París ya estableció la necesidad de una acción multinivel en los Estados firmantes, o dicho de otra forma, todas las Administraciones (nacionales, regionales y locales) han de ser corresponsables y crear sus instrumentos de política climática. Plantear políticas regionales y locales en esta materia es una necesidad. En TERRENO CONOCIDO te proveemos de los análisis y las herramientas de planificación y gestión que puedas necesitar para organizar una iniciativa climática, ya desde la iniciativa pública, ya desde la privada, y promoviendo mecanismos de cooperación. Es el momento de tomar medidas.

El día del desbordamiento

El “Earth Overshoot Day” es el día del año en el que la demanda anual de la humanidad sobre la naturaleza excede lo que la nuestro planeta puede regenerar durante ese año. El 8 de agosto de 2016 hemos alcanzado esa fecha; hemos emitido más CO2 a la atmósfera de lo que nuestros océanos y bosques pueden absorber, hemos agotado pesquerías y talado bosques más rápidamente de lo que pueden reproducirse y volver a crecer, consumimos más agua limpia de la que los ecosistemas pueden depurar,…

original_emisiones_co2La fecha fue establecida por la Global Footprint Network (Red Global de la Huella Ecológica), un centro de investigación en torno a la gestión de los recursos naturales y el cambio climático con sede en Oakland, California, EEUU, y pretende expresar de una forma bastante intuitiva lo que realmente estamos haciendo con nuestro planeta: vivir a crédito. En términos financieros, cuando llegamos al “Earth Overshoot Day“ hemos agotado nuestra asignación anual y empezamos a vivir del capital. Como herederos irresponsables, estamos consumiendo no solo el rendimiento, sino también el capital heredado. No he hecho una traducción de la expresión porque no hay una buena, pero  podríamos decir que es el “día de excederse con la Tierra”, o el “día en el que nos pasamos de la raya con la Tierra”. Una más neutra y técnica podría ser “día del desbordamiento”.

Partiendo de 1970, el primer Earth Overshoot Day fue el 24 de diciembre de 1971. En 1976 ya fue el 19 de Noviembre, con lo que en 6 años perdimos 40 días. En 1987 fue el 25 de Octubre, en 2001 el 26 de Septiembre, en 2005 el 29 de Agosto. Este año hemos acabado con nuestra “renta ecológica” 20 semanas antes de fin de año.

Las emisiones de carbono son uno de los mayores contribuyentes al desbordamiento, pero no el único. A pesar de la crítica situación, es posible cambiar las cosas con la actual tecnología, y convirtiendo esta necesidad en un enorme motor económico. El único combustible que necesitamos para ese motor es la voluntad, de los gobiernos y de los ciudadanos.

Cada vez son más los países que se embarcan en serios programas de promoción de las energías renovables, un componente esencial de un futuro más sostenible: Costa Rica, Portugal, Alemania, Gran Bretaña… El tema h saltado incluso al debate electoral en EEUU, donde la candidata Clinton quiere lanzar un programa de promoción de las renovables que sea un motor de actividad económica y empleo. China plantea un enfoque no sólo innovador, sino muy responsable: un plan para reducir el consumo de carne de sus ciudadanos en un 50%, lo que supondría reducir las emisiones de CO2 en aproximadamente un millón de toneladas con el horizonte de 2030.

Reducir la huella de carbono, o en general la huella ecológica, no es sólo cosa de los gobiernos nacionales. El acuerdo de París pone en su sitio a todos: es una responsabilidad ciudadana, de las empresas y del sector público, y todas las administraciones están involucradas. Y esto afecta, en un país como el nuestro, fuertemente descentralizado, a los niveles regional y local muy especialmente. Una buena práctica como la que contamos en otra entrada es un excelente ejemplo de acción climática y de promoción de una economía más sostenible. En TERRENO CONOCIDO te proveemos de los análisis y las herramientas de planificación y gestión que puedas necesitar para organizar una iniciativa climática local, ya desde la iniciativa pública, ya desde la privada, y promoviendo mecanismos de cooperación. Es el momento de tomar medidas y acciones audaces para que las metas de París sean una realidad alcanzable.

Bajo los adoquines esta la huerta

¿Es posible la agricultura en la ciudad? Pues sí, es posible, aunque parezca difícil. Cabe reconocer que desde siempre ha habido pequeñas huertas en espacios urbanos, eso no es una novedad. Lo que sí lo es es la aparente pujanza de estas actividades. ¿es real o estamos asistiendo a una moda? ¿obedece esta dinámica a otras cuestiones? Desde la experiencia de quien esta lineas escribe podemos asegurar que no se trata de una moda, y desde luego hay causas subyacentes que deben ser examinadas.

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Las políticas económicas que se han venido aplicando en los últimos años han menguado seriamente la actividad económica. Si a eso le juntamos los restos del naufragio previo, nos encontramos con recursos sin uso, comunidades desarticuladas, espacios degradados y abandonados… y todo esto en un contexto en el que el valor de la cooperación y la sensibilidad social en torno a una economía no lucrativa, es creciente. En materia alimentaria, la conciencia sobre la necesidad de mayor salubridad esta convergiendo con la necesidad de reactivar las economías locales.

No es casualidad que en ciudades como Madrid haya un vigoroso movimiento de agricultura urbana, vinculado con otras actividades sociales y reivindicaciones vecinales. Cuanto más alejados estamos del punto de producción, más queremos saber qué ponemos en la mesa, más echamos en falta el vínculo con quien produce nuestros alimentos. Y además, mas conciencia tenemos de la necesidad de fortalecer nuestros vínculos sociales. La agricultura ha tejido relaciones durante milenios, y de hecho ha estructurado a nuestra sociedad de una forma tan profunda que doscientos años de industrialización no han conseguido romper las inercias culturales del campo.

En ciudades como Madrid, el principal resultado de los huertos urbanos son comunidades más cohesionadas. En ciudades más pequeñas, las propuestas y los resultados pueden ser otros, mas ambiciosos incluso. La necesidad de políticas locales de mitigación del cambio climático hace que las huertas periurbanas en ciudades medias y pequeñas sean una interesante opción como vía de maximizar la superficie con cubierta vegetal, además de los beneficios antes mencionados.

Una vía adicional es la experimentada en Azuqueca de Henares, que he tenido la ocasión de gestionar, donde además nos dirigimos, con el apoyo de la corporación municipal, a colectivos sociales que bordean la exclusión (como parados de larga duración, por ejemplo). Aquí el producto de la huerta es además un apoyo material real. Lo que desde luego hemos podido comprobar es que con muy poco es posible tener un impacto muy importante; solo hace falta una reflexión previa sobre objetivos y alcance, y articular vías de cooperación entre distintos colectivos y la administración local.