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Una visión de la economía colaborativa

La “economía colaborativa” es uno de esos conceptos que últimamente llena espacios informativos, algunas veces para bien, otras como una especie de amenaza encubierta a las actividades económicas convencionales. En un caso u otro, parece que se ha puesto de moda, por lo que hay motivos para preocuparse… Esta preocupación se debe a que por lo general tiende a encajarse en esa denominación a cualquier actividad a la que no pueda ponerse otra etiqueta. Y como estamos en pleno proceso de cambio estructural, y están apareciendo muchas actividades nuevas, parece ser que esa es la norma.

Tal vez deberíamos empezar por definir con precisión qué es “economía colaborativa”, y probablemente eso terminaremos haciéndolo a través de una ley. Y sé que al decir esto, mucho de los defensores y muchos de los detractores de estas actividades dirán que es exagerado, pero tal vez deberíamos tener algo de visión estratégica. Ahora no es un fenómeno cuantitativamente muy importante, pero no deja de crecer, y en la medida en la que responde a un cierto sentir de una parte de la ciudadanía, que busca una nueva forma de relacionarse económicamente, deberíamos intentar que no sea una tapadera de la economía sumergida o de modelos económicos que pretenden lucro degradando las condiciones de trabajo y la calidad del producto, como es el caso de Uber.

Quienes abogan por modelos colaborativos proponen un acercamiento al consumo basado en la moderación, en emplear lo necesario, suelen tener planteamientos locales (proximidad), y la remuneración por uso se basa en el principio de compensar el coste operativo y el desgaste. Es importante subrayar el componente local, la relación directa entre quien ofrece y quien demanda, y que se rechaza de plano la búsqueda del beneficio. Quienes se acercan a este modelo ofrecen algo que no está en el mercado para cubrir necesidades que no satisface el mercado, al menos al nivel al que se demandan. Con esta filosofía se han puesto en marcha bancos de tiempo o monedas sociales, y con el desarrollo de las aplicaciones para dispositivos móviles las posibilidades de relación persona a persona han crecido espectacularmente.

Conforme el fenómeno gane en dimensión se hará más necesario establecer una definición precisa de cuando una actividad tiene estas características, y que obligaciones comporta. Esto último afecta a oferente y demandante, como puede suponerse, pues es evidente que un “producto colaborativo” no puede ser igual que uno “comercial”. Obviamente, al adquirir un producto comercial estamos pagando también por una serie de estructuras reguladoras (seguros, garantías, controles) y estamos remunerando un trabajo realizado. ¿Cómo trasponer eso a la nueva situación?

Esta reflexión y otras más hay que hacerlas ahora, cuando el volumen de operaciones es aun manejable, y de una manera participada, para llegar a un modelo que articule a la economía colaborativa con la convencional. No es necesariamente utópico, porque ambas pueden ser complementarias, y en las escalas locales esta complementariedad puede tener una incidencia muy positiva. Desde una perspectiva local, la colaboración entre economía convencional y colaborativa es posible, y desde TERRENO CONOCIDO podemos ayudar a establecer puentes que terminen beneficiando a toda la comunidad.

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